29 sept 2011

No, no se olvida...

1
Nadie sabe el número exacto de los muertos,
ni siquiera los asesinos,
ni siquiera el criminal.
(Ciertamente, ya llegó a la historia
este hombre pequeño por todas partes,
incapaz de todo menos del rencor).

Tlatelolco será mencionado en los años que vienen
como hoy hablamos de Río Blanco y Cananea,
pero esto fue peor,
aquí han matado al pueblo;
no eran obreros parapetados en la huelga,
eran mujeres y niños, estudiantes,
jovencitos de quince años,
una muchacha que iba al cine,
una criatura en el vientre de su madre,
todos barridos, certeramente acribillados
por la metralla del Orden y Justicia Social.

A los tres días, el ejército era la víctima de los desalmados,
y el pueblo se aprestaba jubiloso
a celebrar las Olimpiadas, que darían gloria a México.

2
El crimen está allí,
cubierto de hojas de periódicos,
con televisores, con radios, con banderas olímpicas.

El aire denso, inmóvil,
el terror, la ignominia.
Alrededor las voces, el tránsito, la vida.
Y el crimen está allí.

3
Habría que lavar no sólo el piso; la memoria.
Habría que quitarles los ojos a los que vimos,
asesinar también a los deudos,
que nadie llore, que no haya más testigos.
Pero la sangre echa raíces
y crece como un árbol en el tiempo.
La sangre en el cemento, en las paredes,
en una enredadera: nos salpica,
nos moja de vergüenza, de vergüenza, de vergüenza.

Las bocas de los muertos nos escupen
una perpetua sangre quieta.

4
Confiaremos en la mala memoria de la gente,
ordenaremos los restos,
perdonaremos a los sobrevivientes,
daremos libertad a los encarcelados,
seremos generosos, magnánimos y prudentes.

Nos han metido las ideas exóticas como una lavativa,
pero instauramos la paz,
consolidamos las instituciones;
los comerciantes están con nosotros,
los banqueros, los políticos auténticamente mexicanos,
los colegios particulares,
las personas respetables.
Hemos destruido la conjura,
aumentamos nuestro poder:
ya no nos caeremos de la cama
porque tendremos dulces sueños.

Tenemos Secretarios de Estado capaces
de transformar la mierda en esencias aromáticas,
diputados y senadores alquimistas,
líderes inefables, chulísimos,
un tropel de putos espirituales
enarbolando nuestra bandera gallardamente.

Aquí no ha pasado nada.
Comienza nuestro reino.

5
En las planchas de la Delegación están los cadáveres.
Semidesnudos, fríos, agujereados,
algunos con el rostro de un muerto.
Afuera, la gente se amontona, se impacienta,
espera no encontrar el suyo:
"Vaya usted a buscar a otra parte".

6
La juventud es el tema
dentro de la Revolución.
El gobierno apadrina a los héroes.
El peso mexicano está firme
y el desarrollo del país es ascendente.
Siguen las tiras cómicas y los bandidos en la televisión.
Hemos demostrado al mundo que somos capaces,
respetuosos, hospitalarios, sensibles
(¡Qué Olimpiada maravillosa!),
y ahora vamos a seguir con el "Metro"
porque el progreso no puede detenerse.

La mujeres, de rosa,
los hombres, de azul cielo,
desfilan los mexicanos en la unidad gloriosa
que constituye la patria de nuestros sueños.


Jaime Sabines
Tlatelolco 68

13 sept 2011

28 de septiembre de 1821


Ésta, y no el 16 de septiembre de 1810, es la verdadera fecha de la firma del acta de independencia de México… coloco la fecha al principio de éste artículo para que se sepa (ya que al parecer nadie sabe cuando se celebra la independencia de México), y para que se ubique, en realidad, que es lo que se celebra el 16 de septiembre: el inicio de la guerra por la independencia de México; guerra, que siendo un fracaso al principio, esa es la verdad, se mantendrá, entre caídas, homicidios, traiciones, genocidios, batallas, ejecuciones, persecuciones, etc., Once años, con doce mese y doce días, hasta concluir, con la formación del ejército Trigarante de Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide y su entrada a la ciudad de México, destituyendo a el último virrey, Juan O’Donoju, y firmando el (así dice…), “Acta de Independencia del Imperio Mexicano, pronunciada por su junta soberana, congregada en la capital el 28 de septiembre de 1821… y así comienza dicha acta: “La nación mexicana, que por trescientos años, ni ha tenido voluntad propia, ni libre el uso de la voz, sale hoy de la opresión en la que ha vivido… Los heroicos esfuerzos de sus hijos han sido coronados y está consumada la empresa, eternamente memorable, que un genio, superior a toda admiración y elogio, amor y gloria de su patria, principió en Iguala, prosiguió y llevó a cabo, arrollando obstáculos, casi insuperables…” Así continúa éste Acta de Independencia… un hermoso texto, por cierto, que para variar, muy pocos han leído.

Por eso (me temo que soy un “aguafiestas”), conforme a ésta realidad histórica, creo que deberíamos celebrar el Bicentenario de la independencia de México, dentro de once años, con doce meses y doce días, el 28 de septiembre del año 2021… (Por cierto, que para ésta fecha, no se ha programado ni un solo recordatorio ni mucho menos una celebración, al menos que yo sepa, o que haya sido tan millonariamente publicitada como la del falso “bicentenario de la independencia).

Bien, pues, ni hablar: con omisiones, olvidos, (como el arriba mencionado), tergiversaciones, a veces con más leyendas, fábulas o falsos datos que realidades se ha construido mucha de la historia mexicana. Sería enorme, les aseguro, la lista de acontecimientos, personajes, hechos, o que no existieron, o que se han olvidado, o que en realidad sucedieron de otra manera… la historia novelada y la historia como ciencia en relación a éste tema suelen confundirse al punto de que resulta difícil, mirando al pasado, intentar visualizar lo real… Por ejemplo: realmente en su arenga en el inicio de la rebelión y guerra de independencia, el 16 de septiembre, el cura Hidalgo, ¿dijo lo que dicen que dijo? Allende e Hidalgo, ¿buscaban realmente el mismo tipo de independencia o abrieron la puerta a un movimiento social y militar que en verdad no querían, pero que ya no pudieron controlar? Será cierto que, como consta en cartas y declaraciones frente a tribunales virreinales y eclesiásticos, ¿Hidalgo abjuró del movimiento independentista y se arrepintió de lo que había iniciado? (consta que Morelos también, y hasta ubica a muchos de sus compañeros junto con arsenales, pólvora y municiones escondidas) ¿Será verdad que el general Allende intentó envenenar varias veces al cura Hidalgo, porque éste al final no quiso someterse a las reglas y a la dialéctica de la propia guerra?

Cuesta trabajo imaginar que personajes de tan alta talla, hubieran tenido debilidades y conductas como éstas, cobardes o traicioneras, y nos cuesta trabajo imaginarlos así, porque no vemos en ellos al ser humano como tal, inmerso en un torbellino de circunstancias y acontecimientos a veces muy contradictorios y preferimos ver al ser “inmaculado”, casi “santo”, que algunos “historiadores poetas y novelistas”, han construido, como para que cada uno de estos grandes hombres se conviertan o funcionen frente a nosotros como “espejos de virtudes”, en los cuales debemos reflejarnos; claro, para beneficio y tranquilidad de la clase gobernante o en el poder, que, desde luego, siempre nos dirá que son “herederos” de esos espejos sin mácula, cuasi perfectos que son los héroes. Las luchas y gestas de estos “espejos de virtudes”, justifican su estancia en el poder, porque ellos también, como aparecen en los medios, se creen “espejos de virtudes” .

Ciertamente, me siento como un aguafiestas… pero frente a la celebración, que creo es válida y justificada (tal vez con menos dispendio y exageración); creo que también es necesario pensar, reflexionar objetivamente respecto de nuestro pasado, para intentar encontrar al “ser humano real”, para encontrarnos, en ése mismo sentido, a nosotros mismos, hoy.

No sé a qué obscuros intereses, o a qué obtusa dialéctica obedece ésta enajenación de la historia, esta contaminación del pasado, (ya haría falta una “ecología de la historia, creo); los propios historiadores, los sociólogos, politólogos, etc., pueden argumentar lo que quieran… no importa… sólo sé, que poniéndome, (como un simple y mínimo individuo de éstas agitadas y vertiginosas décadas), frente a los acontecimientos surgidos el 16 de septiembre de 1810 y el 20 de noviembre de 1910, soy (“leanescuchen” bien) "un hijo de los sobrevivientes", así, literalmente y sin falsa retórica.

Contra el mediocre optimismo progresista, miro al pasado para comprobar como los mejores han sido aniquilados, destruidos y, lo que es peor, por culpa de esa enajenación histórica, sin que los hayamos comprendido y en muchos casos, sin que ni siquiera se les haya conocido… es patético…
Más que deprimente, éste es un hecho sumamente triste que se comprueba día con día y por desgracia, (seamos objetivos, por favor), mucho más patente en los jóvenes, cuya ignorancia e inconsciencia respecto de aquellos acontecimientos y grandes hombres y mujeres, no es ya oceánica, sino diutúrnica.

Estoy seguro que ésta afirmación, de que "somos hijos de los sobrevivientes", no tiene para ellos el menor sentido, como pudiera tenerlo para un joven japonés después de Hiroshima, o para un joven judío después de los campos de exterminio nazis; y esto es lo que precisamente resulta grave, porque, ciertamente, de aquellos que vivieron, que pensaron, que trabajaron, que lucharon, que crearon, que sufrieron antes que nosotros, heredamos no sólo la vida, sino también, (ojo…) “el sentido de la vida”, y eso es algo que es necesario considerar y comprender profundamente, para poder reaccionar hoy.

Un ejemplo, a manera “Patria”, “República”, “País”, “Pueblo”, “Libertad”, “Independencia”, “Justicia social”, o “Democracia”, que tuvieron Don Anastasio Bustamante, Morelos, Zapata, Mina, o Juárez; que el sentido que tienen los políticos actuales? Creo que, mejor respóndanse cada quien… y, si tú o usted, respondió que no (digo –irónicamente- es una posibilidad), pregunto de nuevo: ¿seremos capaces de recuperar el sentido que nuestros próceres realmente imprimían a estos conceptos?.

Recalco, que no se trata de simples semánticas, sino dimensiones sintácticas auténticas, vivenciales y hasta trascendentales que tienen que ver mucho con nuestro presente.

Al final, el lado, digámosle así, “sano”, o positivo de éste tipo de recordatorios civiles, sería el de ubicar, a grandes rasgos, a los más jóvenes devolviéndolos al sentido real de lo que es tener y compartir una conciencia histórica, como vínculo funcional, interdependiente, interactivo entre el pasado y el presente. Al respecto me refiero a asuntos no sólo de carácter conceptual, sino también a aquellos de esencia vivencial que genéricamente y en un sentido muy amplio, han afectado al ser humano (no sólo al mexicano), prácticamente en toda su historia, como es concretamente el asunto de la guerra; cuyo inicio, el 16 de septiembre, se “celebra”.

Veamos, desde muy niño, siempre tuve la impresión de que la historia (en general, pero en éste caso la mexicana), era una narración encadenada por una interminable sucesión de guerras… guerras precolombinas, guerras de conquista, guerras de independencia, guerras de invasión, guerras de Reforma, guerras revolucionarias, guerras cristeras, guerras del narco… guerras muchas guerras… Es, como si los historiadores nos quisieran decir, que la paz y el progreso, la estabilidad y la evolución sólo pueden obtenerse por medio de la confrontación y la guerra; pero, no es así, entiéndase… NO SOMOS HIJOS DE LA GUERRA (en éste caso, de la guerra de independencia o de la guerra de la revolución), somos hijos de los sobrevivientes de la guerra, algunos, dignos hijos de esos sobrevivientes, otros… bueno… hay otros.

Entender esto, entender la diferencia entre una y otra posición es básico y urgente.

Frente a la escalada estupidizante de los medios de comunicación, frente a la paranoia, la retórica vacua, la omisión o la enajenación histórica, está, actualmente, esa realidad lacerante de la pobreza frente a la riqueza exagerada, la justicia de unos pocos frente a la injusticia masificada, la frustración de muchos, la tristeza y la falta de oportunidades a las que ya son condenados muchos niños y jóvenes… pregúntenle a un niño en condición de calle o a un joven que no puede estudiar o que no consigue empleo, o a una ama de casa que no tiene que darle de comer a hijos, o a un obrero que es despedido de su trabajo, o a un anciano abandonado a su suerte, o a un niño enfermo que no recibe atención médica porque no tiene una credencial o no está “afiliado” (a la vida, será…), pregúntenles a todos ellos, por favor: ¿Qué es patria, justicia social, república, país, democracia...? Pudiera ser, que les respondan, no con el sentido que lo entienden los políticos, sino con el auténtico sentido con el que lo aplicaban nuestros muy dignos (claro que si), padres. En la voz del niño o del joven encontrarán la voz de Morelos, en la del obrero, la de Mina, Allende, o Hidalgo, en la del ama de casa, (“segurito segurito”), la de Gertrudis Bocanegra, Leona Vicario, o Vicenta Elizarrarás, mujeres de todo mi amor y respeto, como el ama de casa actual.

Finalmente, celebren, está muy bien, recuérdenlo, es el Bicentenario del inicio de la guerra de Independencia, no la Independencia de México, y como tal, como guerra que fue, resultó muy doloroso, muy difícil, trágico, lleno de frustraciones y fracasos, sólo recuerden, que a poco tiempo de haber iniciado la lucha, a todos, absolutamente a todos los líderes del movimiento los fusilaron, los decapitaron y con ellos, murieron miles, miles de indígenas, campesinos, militares dignos, intelectuales ejemplares; todos pueblo, pueblo real, como tú (o como usted).

Sin embargo, (observen), el sentido de la vida con el que iniciaron esa dolorosa gesta, lo entendieron, lo sintieron y lo supieron continuar otros, a pesar de todo, de la traición fratricida, del genocidio, del oprobio, del hambre y la muerte; fueron ellos, los milagrosos sobrevivientes, los inocentes de todo y que sólo querían vivir dignamente (igual que antes, como ahora, he ahí parte de la continuidad funcional de la que hablaba) y que por ello lucharon, ellos, los del heroísmo anónimo, el de la lealtad, el del amor a las víctimas, el del honor, la valentía a prueba, los que continuaron y lograron consolidar ése sentido de la vida que heredaron de sus padres… celebren… pero también recuerden con respeto, aquella gente lo merece. No necesitan poner sus nombres a calles, o a países, o erigirles monumentos o estatuas, frías y sin espíritu, mejor estatuas vivas, cada uno de nosotros, actuantes frente a lo injusto, ayudando al débil o al menos afortunado, sabios, sensibles, valientes; como aquellos de los que heredamos la vida y el sentido de la vida, y ser dignos, hijos de los sobrevivientes.

Personalmente, no voy a celebrar, que celebren otros, creo que prefiero recordar con respeto lo real e intentar ver con claridad el pasado y su continuidad en el presente, prefiero pensar y visualizar; aunque sé, estoy absolutamente convencido, que en la sencillez de un tradicional y rico plato con pozole, hay mucho de la dignidad perdida y del sentido de la vida que heredamos de nuestros padres, en la continuidad amorosa y desinteresada con la que día con día, las prodigiosas manos de las madres mexicanas, antes de la Independencia, en la Independencia, en la Revolución y aún hoy en día, siguen alimentando a sus hijos; no hay mayor prueba de amor, lealtad y dignidad a la patria, señoras y señores, que esa… porque ni uno sólo de los héroes hubiera hecho nada, sin ese recaudo ejemplar de amor.

Sólo por eso, si acepto un plato de pozole, para poder continuar en curso de ésta batalla, que es la vida. Ojalá los que me sobrevivan, entiendan el sentido de la vida que subyace en éste último comentario… con respeto a ustedes, a su sensibilidad y a su inteligencia.


Por Jaime Villareal Ramírez
Publicado hace un año en “Orbitando”, Periódico de la Universidad Latina de México.

En su honor

29 ago 2011

La insostenible dualidad del ser...

1.
Soy me­xi­ca­no y, por en­de, ba­rro­co, bi­fron­te y elíp­ti­co. És­ta es, sí, una acu­sa­ción no pe­di­da a la que aña­do aho­ra la si­guien­te ex­pli­ca­ción ma­ni­fies­ta. En mi des­car­go por lo que va­ya a ocu­rrir aho­ra, ci­to a un au­tor, an­ti­guo ami­go, pa­rien­te ubi­cuo, re­gio re­ye­sia­no, uno de los po­cos pen­sa­do­res que nos que­da en Mé­xi­co, un país don­de pen­sar es más necesario que nun­ca y don­de co­rre­mos el se­rio ries­go de que nos ma­te pre­ci­sa­men­te el des­pres­ti­gio del pen­sar. La ci­ta pro­vie­ne del li­bro Me­xi­ca­ni­dad y es­qui­zo­fre­nia, de Agus­tín Ba­sa­ve:

No te­ne­mos ca­pa­ci­dad de sín­te­sis. Fluctua­mos en­tre la gran­di­lo­cuen­cia y la so­se­ría por­que so­mos in­ca­pa­ces de con­ce­bir el pun­to in­ter­me­dio de la aus­te­ri­dad elo­cuen­te; apren­de­mos a de­cir mu­cho y po­co pa­ra en­re­dar a nues­tro in­ter­lo­cu­tor y aca­ba­mos en­re­dán­do­nos no­so­tros mis­mos.

Sir­va es­to pa­ra jus­ti­fi­car los dos po­si­bles des­ti­nos de mi pre­sen­ta­ción: el pri­me­ro, que mis pa­la­bras pa­rez­can de­ma­sia­do bre­ves y pro­duc­to evi­den­te de un de­no­da­do es­fuer­zo por trai­cio­nar mi me­xi­ca­ni­dad ba­rro­ca, trai­ción que es per­fec­ta­men­te co­he­ren­te con mi ser me­xi­ca­no; y se­gun­do, que mis pa­la­bras pa­rez­can de­ma­sia­do ex­ten­sas, lo cual de­mos­tra­ría que soy un me­xi­ca­no dig­no del bis­tu­rí lú­ci­do del au­tor y del li­bro por el que aho­ra nos reu­ni­mos.

2.

El dios Ja­no, afir­ma Juan Eduar­do Cir­lot, era una dei­dad ro­ma­na re­pre­sen­ta­da con dos ros­tros uni­dos por la lí­nea de la ore­ja a la man­dí­bu­la, mi­ran­do en di­rec­cio­nes opues­tas. Co­mo to­do lo orien­ta­do a la vez a la de­re­cha y a la iz­quier­da, es un sím­­bo­lo de to­ta­li­za­ción, de an­he­lo de do­mi­na­ción ge­ne­ral. Por su dua­li­dad, pue­de sig­ni­fi­car to­dos los pa­­res opues­tos, es de­cir, coin­ci­de con el mi­to de Gé­mi­nis. Pa­re­ce ser que los ro­ma­nos aso­cia­ban a Ja­no esen­cial­men­te al des­ti­no, el tiem­po y la gue­rra.

Cier­to, Ja­no ha si­do in­vo­ca­do en nu­me­ro­sas oca­sio­nes co­mo ar­ti­cu­la­ción di­vi­ni­za­da de nues­tro bi­fron­tis­mo y de nues­tras per­so­na­li­da­des es­cin­di­das. Es­te li­bro de Agus­tín Ba­sa­ve es ejem­plo de ello, y acu­de a Ja­no y al diag­nós­ti­co de lo es­qui­zoi­de ya no en un in­di­vi­duo si­no en una cul­tu­ra: la nues­tra.

Ja­no tam­bién ha si­do in­vo­ca­do cuan­do se alu­de a las dua­li­da­des mons­truo­sas del ser, es abue­lo y bi­sa­bue­lo mi­to­ló­gi­co del li­cán­tro­po, pe­ro tam­bién pri­mo del es­pe­jo y la som­bra. Es­te li­bro de Agus­tín Ba­sa­ve tam­bién acu­de a ese re­fe­ren­te, y alu­de a esa som­bría y mons­truo­sa par­ti­ción del ser me­xi­ca­no co­mo un cons­tan­te mi­rar­se de Nar­ci­so en el agua, de Do­rian Grey en su re­tra­to y del Hom­bre Lo­bo en una víc­ti­ma que se pa­re­ce de­ma­sia­do a él.

Por úl­ti­mo, Ja­no es con fre­cuen­cia ci­ta­do cuan­do arran­ca­mos pa­ra ha­blar de más­ca­ras. ¡Ah, las más­ca­ras! Nos re­cuer­da Oc­ta­vio Paz que de­trás de to­da más­ca­ra se ocul­ta una me­ta­mor­fo­sis ver­gon­zo­sa. Es­te li­bro tam­bién ha­bla de esa acep­ción de Ja­no. El en­sa­yo de Agus­tín Ba­sa­ve se su­ma con ex­tra­ña dig­ni­dad a la par­ca nó­mi­na de re­fle­xio­nes so­bre la más­ca­ra me­xi­ca­na pe­ro, an­te to­do, so­bre la pe­no­sa me­ta­mor­fo­sis que es­ta más­ca­ra o es­tas más­ca­ras ocul­tan y vie­nen ocul­tan­do des­de nues­tros pi­ni­nos na­cio­na­les. Qui­tar la más­ca­ra y mos­trar al mons­truo re­quie­re va­lor e in­te­li­gen­cia, un pro­fun­do sen­ti­do au­to­crí­ti­co y una hu­mil­dad a to­da prue­ba, la hu­mil­dad de quien sa­be que es par­te del fe­nó­me­no que mi­ra. Es­te li­bro de Agus­tín Ba­sa­ve va­le, por eso, mu­cho más del tra­ba­jo que cues­ta mi­rar­se en el es­pe­jo y sos­te­ner­le la mi­ra­da a nues­tro pro­tei­co mons­truo mul­ti­for­me.

3.

Pa­ra los ro­ma­nos, los ros­tros de Ja­no se di­ri­gían ha­cia el pa­sa­do y el fu­tu­ro, y de­ter­mi­na­ban el co­no­ci­mien­to des­ti­nal. Pe­ro, co­mo bien se­ña­la Gué­non, se tra­ta de dos ros­tros que nos in­vi­tan a ad­ver­tir el ver­da­de­ro ros­tro: el del “eter­no pre­sen­te”. A sim­ple vis­ta, di­ría­se que es­ta obra que aho­ra nos con­gre­ga es fa­ta­lis­ta y te­rri­ble, que los ros­tros del me­xi­ja­no aquí ex­pues­tos o de­sen­mas­ca­ra­dos re­sul­tan po­co es­pe­ran­za­do­res. No es así: bien vis­to, es­te li­bro es pre­ci­sa­men­te la re­so­lu­ción de la pa­ra­do­ja já­ni­ca: es un mi­rar al pa­sa­do y al pre­sen­te pa­ra en­con­trar una sín­te­sis ha­cia un me­jor fu­tu­ro o, si se quie­re, un eter­no pre­sen­te, un pre­sen­te só­li­do, cla­ri­do­so, fir­me. En es­tas pá­gi­nas se enun­cia al fin ese co­no­ci­mien­to des­ti­nal al que alu­dían los clá­si­cos, que en oca­sio­nes lle­ga­ron a re­pre­sen­tar a Ja­no con un ter­cer ros­tro, lo cual lo ha­ce más pa­re­ci­do a las dei­da­des hin­dús. Agus­tín Ba­sa­ve ha con­ver­ti­do, pues, al Ja­no fa­ta­lis­ta en el Ja­no bor­ge­sia­no. Pa­ra Bor­ges, re­cor­de­mos, Ja­no era tam­bién el dios de las puer­tas.

4.

¿Adón­de y por dón­de con­du­ce esa puer­ta que Agus­tín Ba­sa­ve ha abier­to en el ter­cer ros­tro del me­xi­ja­no? ¿En qué nue­vo la­be­rin­to de so­le­dad nos aden­tra una vez que, en la lec­tu­ra de es­ta obra, al­guien nos di­ce “fue­ra más­ca­ras y ca­be­lle­ra”, mi­ré­mo­nos a cal­zón qui­ta­do? Los sen­de­ros del me­ji­ja­no de Ba­sa­ve son mu­chos y se bi­fur­can, pe­ro con­du­cen, lle­van a un co­ra­zón del la­be­rin­to don­de nos aguar­da, sí, el Mi­no­tau­ro, pe­ro tam­bién la po­si­bi­li­dad de ma­tar­lo pa­ra re­cu­pe­rar a Ariad­na mer­ced al hi­lo um­bi­li­cal de un ra­zo­na­mien­to pre­ci­so, ex­pe­ri­men­ta­do. A me­di­da que he leí­do ca­da una de las re­fle­xio­nes de Agus­tín Ba­sa­ve so­bre los efec­tos de nues­tra se­cu­lar es­qui­zo­fre­nia en la po­lí­ti­ca, la so­cie­dad, el len­gua­je; se­gún he leí­do sus re­fle­xio­nes so­bre nues­tra ne­ga­ción de la mez­cla co­mo cua­li­dad y ri­que­za, he com­pren­di­do que, des­pués de to­do, so­mos una na­ción de pro­fe­sio­na­les de la su­per­vi­ven­cia.

5.

Hará unas se­ma­nas, otro pre­sen­ta­dor y exe­géta de Me­xi­ca­ni­dad y es­qui­zo­fre­nia —si no me equi­vo­co, fue Die­go Va­la­dés—, ase­ve­ra­ba que és­te no es un li­bro, si­no un es­pe­jo.
Coin­ci­do ple­na­men­te con es­ta vi­sión, y me atre­vo ca­si a po­ner ese es­pe­jo so­bre la puer­ta a la que alu­do. Es­te li­bro, cual­quier li­bro, es siem­pre una puer­ta y un es­pe­jo, o una puer­ta con es­pe­jo. Creo, no obs­tan­te, que es ne­ce­sa­rio ma­ti­zar: es­te es­pe­jo es un ní­ti­do re­tra­to de otro es­pe­jo no tan ní­ti­do: el es­pe­jo de Mé­xi­co co­mo un es­pe­jo cón­ca­vo y de­for­man­te de mal im­ple­men­ta­dos mo­de­los oc­ci­den­ta­les. Así de­fi­nía Ra­món del Va­lle-In­clán el es­per­pen­to: “Los hé­roes clá­si­cos se re­fle­jan en los es­pe­jos cón­ca­vos. Ahí na­ce el es­per­pen­to”. Si he­mos de creer y en­ten­der a Agus­tín Ba­sa­ve, nues­tro país y sus ha­bi­tan­tes he­mos con­se­gui­do con­ver­tir­nos en ese es­pe­jo de­for­man­te don­de la Uto­pía se mues­tra con to­da la mag­ni­tud de la Dis­to­pía: La de­mo­cra­cia co­mo ma­yo­ri­teo de­ma­gó­gi­co, la jus­ti­cia co­mo ley del ta­lión, el cla­si­cis­mo co­mo ca­ri­ca­tu­ra. Aquí se cuen­ta al fin có­mo re­sol­vi­mos nues­tro in­gre­so en el con­cier­to de las na­cio­nes en una bu­llan­gue­ra y tris­te­men­te ri­sue­ña asun­ción de que Mé­xi­co fue in­ven­ta­do co­mo una qui­jo­ta­da, sue­ño de­vo­ra­do y ven­ci­do por la rea­li­dad. En es­ta rea­li­dad tre­men­da del in­fier­no-mun­do no so­bre­vi­ven los so­ña­do­res si­no los cí­ni­cos: aquí el pí­ca­ro es rey.

6.

En es­te sen­ti­do, per­ci­bo en qué me­di­da so­mos una cul­tu­ra fun­da­da con la mis­ma in­ge­nui­dad y la mis­ma fa­ta­li­dad con la que don Qui­jo­te sa­le de su ca­sa por pri­me­ra vez: ro­mán­ti­cos ne­ga­do­res de la rea­li­dad, vio­len­ta­do­res de un mun­do al que no en­ten­de­mos. Ri­jo­sos, vo­lá­ti­les, errá­ti­les, cons­trui­mos nues­tra cul­tu­ra co­mo un es­per­pen­to de otras cul­tu­ras. Ad­qui­ri­mos un nom­bre ofi­cial que no es nues­tro, ela­bo­ra­mos una cons­ti­tu­ción a la que qui­si­mos ajus­tar nues­tra rea­li­dad y no a la in­ver­sa, nos tra­ga­mos la píl­do­ra de ser la Uto­pía de Eu­ro­pa y de­ma­sia­do tar­de des­cu­bri­mos que Eu­ro­pa nos ha­bía con­ver­ti­do en el es­pe­jo cón­ca­vo que só­lo po­día re­fle­jar una Ucro­nía de­for­ma­da, una uto­pía es­per­pén­ti­ca. De­rro­ta­dos co­mo don Qui­jo­te, los me­ji­ja­nos que­da­mos en­tre in­fi­ni­dad de ex­tre­mos: el de la in­con­sis­ten­cia no sólo en­tre rea­li­dad y fan­ta­sía, si­no en­tre la ver­dad y la men­ti­ra, la iden­ti­dad y la apa­rien­cia, la so­lem­ni­dad ex­ce­si­va y el des­ma­dre ra­di­cal, la ab­so­lu­ta su­je­ción a las re­glas y la cons­tan­te sub­ver­sión de las re­glas. Una a una, Agus­tín Ba­sa­ve des­mon­ta es­tas pa­ra­do­jas y con ellas nos con­du­ce a la ex­pli­ca­ción de nues­tros ma­les pre­sen­tes y fluc­tuan­tes: los tras­ta­bi­lleos de la de­mo­cra­cia, la pro­li­fe­ra­ción de la vio­len­cia, la ne­ga­ción a ul­tran­za de nues­tra ne­ce­si­dad de ela­bo­rar un nue­vo mo­de­lo cons­ti­tu­cio­nal y de en­ten­der de una vez por to­das que un au­tén­ti­co mo­de­lo de­mo­crá­ti­co con vo­ca­ción so­cial no va a na­cer de la me­ra ani­qui­la­ción del mons­truo de la re­vo­lu­ción ins­ti­tu­cio­na­li­za­da, ni del en­cum­bra­mien­to de una de­re­cha o una iz­quier­da ra­di­ca­li­za­dos, me­siá­ni­cos, po­pu­lis­tas o fa­ná­ti­cos. La so­lu­ción, nos su­gie­re Ba­sa­ve, es­tá en mi­rar­se, pri­me­ro, y en re­co­no­cer­se: el pri­mer pa­so pa­ra la reu­ni­fi­ca­ción de la per­so­na­li­dad es­cin­di­da ra­di­ca en re­co­no­cer que es­ta­mos es­cin­di­dos y en en­ten­der las ra­zo­nes por las cua­les lo es­ta­mos.

7.

Per­ci­bo, pues, ba­jo el as­pec­to som­brío del aná­li­sis de Agus­tín Ba­sa­ve, un áni­mo es­pe­ran­za­dor y fes­ti­vo. En es­ta vi­sión del Qui­jo­te de­rro­ta­do, de la uto­pía es­per­pén­ti­ca, de la per­so­na­li­dad es­cin­di­da, flu­ye el vi­ta­lis­mo del pí­ca­ro, que es el an­ti­qui­jo­te por ex­ce­len­cia. Es­te me­xi­ca­no es pí­ca­ro, un pro­fe­sio­nal de la su­per­vi­ven­cia, un ser pa­ra el cual no hay re­den­ción por­que sa­be que se en­cuen­tra ya en el in­fier­no. Ya que no hay más allá, no hay más re­me­dio que de­jar­nos co­ro­nar re­yes del car­na­val, cons­truir una éti­ca de la su­per­vi­ven­cia, una éti­ca car­na­va­les­ca, con­tra­dic­to­ria, pro­tei­ca, bi­fron­te, fes­ti­va, ro­cam­bo­les­ca, ba­rro­ca, fa­ta­lis­ta co­mo una can­ción de Jo­sé Al­fre­do o gro­tes­ca co­mo otra de Cha­va Flo­res; des­com­pues­ta y de­ses­pe­ran­za­da co­mo nues­tro re­fra­ne­ro, nues­tros co­rri­dos y nues­tra vi­da co­ti­dia­na. El pí­ca­ro es cí­ni­co, re­co­no­ce que el des­ti­no lo ha arro­ja­do en el mun­do y que si es un hi­jo de la chin­ga­da no es por su cul­pa si­no por mé­ri­to de sus an­ces­tros. Asu­mi­do su fa­tal des­ti­no, el pí­ca­ro ca­pi­ta­li­za su ma­li­cia y su in­di­gen­cia, se so­me­te a un nue­vo or­den, que ca­si siem­pre es el or­den y el có­di­go de ho­nor de la de­lin­cuen­cia, pe­ro al fin y al ca­bo es un or­den que le per­mi­te so­bre­vi­vir, ir­la pa­san­do des­de un “ya ni mo­do” ja­ca­ran­do­so, más ma­li­cio­so que mal­va­do. El pí­ca­ro es muy hom­bre por­que es­tá bien pro­te­gi­do en las fal­das de ma­má. El pí­ca­ro ha re­suel­to a su mo­do la ame­na­za de su es­qui­zo­fre­nia: no se qui­jo­ti­za, se adap­ta al mun­do del re­vés y se con­vier­te en rei­na del car­na­val o en rey mo­mo. Cuan­do lee­mos Me­xi­ca­ni­dad y es­qui­zo­fre­nia nos que­da la sen­sa­ción de que en el car­na­val de la me­xi­ja­ni­dad sí es po­si­ble en­con­trar un ver­da­de­ro ros­tro, un ros­tro que co­no­ce­re­mos y re­cor­da­re­mos cuan­do ini­cie la cua­res­ma de la tran­si­ción. Car­na­val y cua­res­ma de la cul­tu­ra, car­na­val y cua­res­ma de la de­mo­cra­cia, des­cen­so a los in­fier­nos de nues­tro pa­sa­do pro­tei­co y de nues­tro pre­sen­te vio­len­to po­drían ser só­lo dos ca­ras más de un pe­re­gri­na­je a la sa­li­da del la­be­rin­to, ahí don­de nos aguar­da Ariad­na, en el ex­tre­mo fi­nal de es­te li­bro que es hi­lo, de una suer­te me­jor, de un fu­tu­ro más cla­ro, de una puer­ta, de un ter­cer ros­tro de Ja­no.

Ignacio Padilla en la presentación del libro "Mexicanidad y Esquizofrenia" de Agustín Basave durante la última edición de la Feria Internacional del Libro.
Reproducción del texto: Revista Este País.

26 jul 2011

De marchas y marchantas...

Recientemente fue decidido, por parte de las autoridades universitarias marchar una vez más por la educación. En "SÉ" nos interesa conocer qué es lo que opinas al respecto:


Si quieres saber más, te invitamos a seguir la siguiente liga:

Click
|-Como se ve en La Gaceta-|


6 jul 2011

Las escuelas matan la creatividad...

"Al crecer no adquirimos creatividad, sino que crecemos perdiéndola..."
En ésta ocasión, comparto una TEDTalk a cargo de Ken Robinson, Dramaturgo y Doctor por la Universidad de Londres, experto en los terrenos de la educación y la innovación; nombrado Sir en Inglaterra hace casi ya diez años...



Destaco esa observación respecto a la aparición histórica de los sistemas educativos, que, siendo estos pautados por la industrialización, crearon similitudes a ella en sus procesos, que desde entonces, fueron mutando hasta alcanzar el sistema de enseñanza contemporáneo, en el cual se prioriza potenciar aptitudes propias para el mejor desempeño en las ramas de la mecanización, la industria y los negocios, dejando en segundos términos la cultura y las artes.

Nuestra Universidad no parece ser la única en palidecer en cuanto a los aspectos mencionados, pues indicadores desglosan que la problemática es vivida en contextos globales. Nos remite esto a anteriores publicaciones hechas por el que suscribe, en la que se puntualiza una urgente renovación y reingeniería de los procesos, -y eso que ni que-; pero, en el hipotético: ¿Acudirá nuestra escuela a esa renovación de la enseñanza?

3 jul 2011

Del Mainstream:

Cahier de doléances

De las varias críticas a la cultura de masas emergen algunas “acusaciones principales” que es necesario tener en cuenta.

A) Los mass media se dirigen a un público heterogéneo y se especifican según "medidas de gusto", evitando las soluciones originales.

B) En tal sentido, al difundir por todo el mundo una "cultura" de tipo "homogéneo", destruyen las características culturales propias de un grupo étnico.

C) Los mass media se dirigen a un público que no tiene conciencia de sí mismo como grupo social caracterizado; el público, pues, no puede manifestar exigencia ante la cultura de masas, sino que debe sufrir sus proposiciones sin saber que las soporta.

D) Los mass media tienden a secundar el gusto existente sin promover relaciones de sensibilidad. Incluso cuando parecen romper con las tradiciones estilísticas, de hecho se adaptan a la difusión, ya homologable, de estilos y formas difundidas antes a nivel de la cultura superior y transferidas a nivel inferior. Homologando todo cuanto a sido asimilado, desempeñan funciones de pura conservación.

E) Los mass media tienden a provocar emociones vivas y no mediatas. Dicho de otro modo, en lugar de simbolizar una emoción, de representarla, la provocan; en lugar de sugerirla, la dan ya confeccionada. Típico en este sentido es el papel de la imagen respecto al concepto; o el de la música como estímulo de sensaciones en lugar de como forma contemplable.

F) Los mass media, inmersos en un circuito comercial, están sometidos a la "ley de la oferta y demanda". Dan pues al público únicamente lo que desea ó, peor aún, siguiendo las leyes de una economía fundada en el consumo y sostenida por la acción persuasiva de la publicidad, sugieren al público lo que debe desear.

G) Incluso cuando difunden productos de cultura superior, los difunden nivelados y "condensados" de forma que no provoquen ningún esfuerzo de parte del fruidor. El pensamiento es reducido en fórmulas, los productos de arte son antologizados y comunicados en pequeñas dosis.

H) En todo caso, los productos de cultura superior son propuestos en una situación de total nivelación con otros productos de entretenimiento. En un semanario en rotograbado, la información sobre un museo de arte se equipara al chisme sobre el matrimonio de la estrella cinematográfica.

I) Los mass media alientan así una visión pasiva y acrítica del mundo. El esfuerzo personal para la posesión de una nueva experiencia queda desalentado.

J) Los mass media alientan una inmensa información sobre el presente (reducen dentro de los límites de una crónica actual sobre el presente incluso las eventuales informaciones sobre el pasado) y con ello entorpecen toda conciencia histórica.

K) Hechos para el entretenimiento y el tiempo libre, son proyectados para captar sólo el nivel superficial de nuestra atención. Vician desde un principio nuestra postura, y por ello incluso una sinfonía, escuchada a través de un disco o del radio, será disfrutada del modo más epidérmico, como indicación de un motivo tarareable, no como un organismo estético que penetra profundamente en nosotros por medio de una atención exclusiva y fiel.

L) Los mass media tienden a imponer símbolos y mitos de fácil universalidad, creando "tipos" reconocibles de inmediato, y con ello reducen al mínimo la individualidad y la concreción de nuestras experiencias y de nuestras imágenes, a través de las cuales deberíamos realizar experiencias.

M) Para realizar esto, trabajan sobre opiniones comunes, sobre la endoxa, y funcionan como una continua reafirmación de lo que ya pensamos. En tal sentido desarrollan siempre una acción socialmente conservadora.

N) Se desarrollan pues, incluso cuando fingen despreocupación, bajo el signo del más absoluto conformismo, en la esfera de las costumbres, de los valores culturales, de los principios sociales y religiosos, de las tendencias políticas. Favorecen proyecciones hacia modelos "oficiales".

O) Los mass media se presentan como el instrumento educativo típico de una sociedad de fondo paternalista, superficialmente individualista y democrática, sustancialmente tendente a producir modelos humanos heterodirigidos. Llevando más a fondo el examen, aparece una típica “superestructura de régimen capitalista”, empleada con fines y de planificación coaccionadora de las conciencias. De hecho ofrecen aparentemente los frutos de la cultura superior, pero vaciados de la ideología y de la crítica que los animaba. Adoptan las formas externas de una cultura popular, pero en lugar de surgir espontáneamente desde abajo, son impuestas desde arriba (y no tienen la sal, ni el humor, ni la vitalísima y sana vulgaridad de la cultura genuinamente popular). Como control de masas, desarrollan la misma función que en ciertas circunstancias históricas ejercieron las ideologías religiosas. Disimulan dicha función de clase manifestándose bajo el aspecto positivo de la cultura típica de la sociedad del bienestar, donde todos disfrutan de las mismas ocasiones de cultura en condiciones de perfecta igualdad.

Cabe preguntarse si el panorama de la cultura de masas y su problemática se agotan con esta serie de imputaciones.


Umberto Eco
Apocalípticos e Integrados